LA GRATA FRUSTRACIÓN, ACERCA DE “MINOTAUROS”, DE EDUARDO POSSE CUEZZO (EDITORIAL VLEER, 2021)

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Por Pablo Campos |

Entre los lectores y lectoras de La Papa, algunos habrán leído “Minotauros”, y otros todavía no. A quienes se incluyan en este último grupo quiero anticiparles un detalle: este libro contiene textos que pueden llegar a frustrarlos de manera irreversible. Después de cada punto final, después de esa pausa que hacemos para darnos un juicio sobre la lectura, me sucedió darme cuenta de que a mí me hubiera gustado escribir muchos de los cuentos incluidos en “Minotauros”. Es decir: me ocurrió darme cuenta de que eso ya no va a ser posible.

Para mejorar la perfomance de mi humorada basta con indicar que esta no es una frustración amarga, sino más bien agridulce. Imposible apropiación de un texto: quiero llamar así a esa feliz resignación. En esa fórmula advierto el eco espontáneo de lo que desarrolla el cuento que Posse Cuezzo tituló “Carta a Borges” (1). En mi caso, no se trata de haber querido escribir palabra por palabra -como si fuera una caricatura de Pierre Menard (2)- los cuentos más brillantes de este libro, sino de avistar, en esos relatos, una posible resolución a propias y previas búsquedas de un modo de abordar problemas relativos a lo formal y a lo temático. En otras palabras, gratifica encontrar descanso en una escritura, en un derrotero con el cual identificarse, encontrar un punto de llegada donde uno se acomoda, plácido, a contemplar. Resulta entonces que nada se parece más a aquella frustración que la gratitud. Valga la reiteración, ya más clara, para aquellos y aquellas que permanecen vírgenes de este libro.

Por supuesto que luego llegan las preguntas, y queremos saber por qué este cuento, o este otro, ofrece una redondez que parece tan sugestiva o tan directamente enigmática. Cada lector o lectora encontrará su propio hilo de Ariadna. Para mí, las dos puntas de ese metafórico hilo han sido, por un lado, la invención de un narrador por parte de Eduardo Posse Cuezzo, la creación de una voz narradora que, tan prolija como desafiante en su fluidez, pareciera decirnos: “…vení, tomá asiento, voy a contarte lo que sé sobre tal episodio”. Cuando hablo de un narrador o voz narradora me refiero, por supuesto, a un tono narrativo que configura un estilo.  

La otra punta del hilo -el otro truco, consustancial al anterior- es la minucia puesta sobre esa unidad que llamamos frase. Posse Cuezzo es un arquitecto verbal pero también un constructor, un paciente albañil que mide qué materiales -cuánto de cada uno- debe agregar o quitar (y cuándo) para que cada frase sea efectiva. Como muestra, cito el comienzo del cuento “Felicitas y yo”: “Somos dos fantasmas que se odian”. Seis palabras -sólo seis- bastan para abrir un horizonte de posibilidades narrativas. Sospechamos, desde el título, hacia dónde se dirige el relato, pero en el vértigo de las acciones que irá describiendo tal vez pasemos por alto una perla filosófica disimulada por la agilidad de la trama: el problema de la percepción del tiempo.  

Y ya que hemos aludido al artefacto frase, vale preguntarse también qué hay entre frase y frase: hay coordenadas que van cifrando redes de sentido que ya en el punto final forman un gran anzuelo que nos arroja de la realidad ordinaria: de pronto nos encontramos respirando, en gratas bocanadas, ese otro tipo de oxígeno que es el de la ficción.

Me parece importante subrayar la pluralidad de relatos que contiene el libro: lo experimental (“Sombras”), lo existencial (“Sobrevivientes”, “Interrogantes”), los juegos de la ficción sobre la ficción (“Samsa, Kafka y yo”, “Rumores”), lo histórico (“Idus y calendas”), el humor (“Boxeadores”, “Dientes”), son algunos de los matices que prevalecen en cada página. Pero este predominio es parcial, relativo, dudable (me permito el barbarismo), o en todo caso funcional a la convivencia de especies o búsquedas diversas que se dan en un mismo cuento. Entre esa variedad, los relatos “de fantasmas”, por llamarlos de alguna manera, han sido un hallazgo para mí: los problemas –sean existenciales o no-, por lo visto no se nos van a terminar con la propia muerte: ¡queda lamentablemente claro que es al revés!

¿Cómo cerrar este comentario cuando el libro que nos convoca es también, como la guarida del Minotauro, una especie de laberinto? Ante la mera idea de laberinto, alguna porción de nuestro cerebro tiende a “levantar la guardia” como si no fuera que ya estamos -ahora, aquí mismo- primordialmente perdidos. Afortunadamente hay autores, como Eduardo Posse Cuezzo, cuya literatura termina dando cuenta de ese extravío fundamental con la sobria picardía de compartir el drama sin dramatismos: esa rara elaboración de textos capaces de conmovernos, desconcertarnos -incluso perturbarnos- pero también capaces de contagiarnos una sonrisa en medio de la lectura.

Menciono, y destaco, la calidad de las ilustraciones a cargo de Silvia Albuixech y Roberto Koch; en particular, el imponente arte de tapa.  


         

        

Fuente: La papa.